martes, 23 de octubre de 2012

Enfermedad, síntoma y carácter

Adriana Schnake

INTRODUCCIÓN Y EXTRACTO DEL CAP. 1

INTRODUCCIÓN:

Esta será, tal vez, mi última contribución a las personas que se han interesado en el desarrollo de la terapia gestalt y especialmente en el Enfoque Holístico de la Salud y Enfermedad que hemos desarrollado en los últimos treinta años. Y reconozco que es un nuevo esfuerzo por mostrar la posibilidad de que los terapeutas, de cualquiera orientación, intenten incorporar nuevas técnicas, acordes con los nuevos paradigmas y la necesidad de quienes los consultan.

Lo esencial que pretendemos mostrar en este libro son los logros que se obtienen cuando podemos explorar nuestra personalidad y nuestra conducta con la guía de un órgano que se ha hecho presente ya sea a través de un síntoma o de una enfermedad, y de esta forma nos envía un mensaje.

Entender ese mensaje puede ser el inicio de un camino de verdadera autoterapia y confrontación con errores y dificultades que tendemos a repetir, por ser incapaces de aceptar un mínimo rasgo de carácter, que corresponde a un elemento que no quiere desaparecer sin que jamás haya sido reconocido ni aceptado.

Es obvio que el proceso de entender el mensaje puede ir paralelo a cualquier enfoque terapéutico, médico alopático, homeopático, ayurvédico, etc, siempre que la persona logre darse cuenta de la pelea que mantenía con ese órgano, o de la negación de sus características, y trabaje activamente para superar esta actitud.

Es un camino que se nos ha hecho evidente: el modo o la manera en que cada uno puede colaborar con el proceso de autocuración, y en el que el propio organismo tiene siempre la última palabra.

Hay dos maneras de conectarnos con los mensajes de nuestro cuerpo: una inadvertida, poética, con la cual no buscamos ni esperamos nada: simplemente nos hundimos en la sensación de una parte de nosotros mismos o de la naturaleza, y dejamos surgir la emoción con un ritmo, una melodía, un colorido y muchas veces hasta un aroma. Es posible que este hermoso contacto con la totalidad de nuestro cuerpo sea un tácito reconocimiento de todo nuestro organismo, al que fuimos llevados por una necesidad de movimiento o de ritmo que favorece nuestro bienestar.

El otro modo se da a por medio de los diálogos gestálticos que venimos propiciando durante tantos años y en los cuales la persona necesita ser ayudada –en el inicio- por alguien que se haya formado en este Enfoque, ya que no se trata de hablarle a nuestros órganos como se nos ocurra: no porque sean nuestros podemos maltratarlos o agredirlos sin consecuencias. Tampoco podemos aprovecharnos de ellos para descargar toda nuestra agresividad o usarlos como torturadores hasta que se hagan acreedores del castigo supremo: la muerte, la atrofia, la expulsión del territorio en el que nacieron y ayudaron a formar y a que creciera.

A este Enfoque hemos llegado siguiendo directamente las líneas que marcó Fritz Perls. Aunque ninguno de los que hemos trabajado más intensamente en ello lo hayamos conocido personalmente, creo que hemos captado con gran profundidad y claridad lo más relevante de su pensamiento y especialmente de su apasionado deseo de no transformar la terapia gestalt en algo “desvitalizado y burocrático”, tal como lo señala Claudio Naranjo[1].

Para comprender cualquier trabajo que se adscriba a esta corriente, es indispensable conocer las leyes de la dinámica Gestalt, que nos hacen decir con Perls: “¡Gestalt! ¿Cómo hacerles llegar la idea de que Gestalt no es otro concepto inventado por el hombre. ¿Cómo podría decir que Gestalt es algo inherente a la naturaleza y no propio de la psicología?”[2]

Se ha demostrado "científicamente" que hasta moléculas mínimas, de materia viva, tienen esta avidez de conformarse se­gún su estructura original. El ser humano ha descubierto el pilar más sólido que lo sostiene como tal, que es la naturaleza procesal del organismo y la capacidad de la persona de darse-cuenta, de su darsecuentidad, por así decir.

Todo el fenómeno de la vida orgánica es una lucha por el intercambio de energía con el medio: organismo que se paraliza, muere. La vida es una lucha contra la homogenización. Nuestra existencia se va desarrollando en un tiempo y en un espacio, y nuestra conducta es la expresión de la relación del ser humano y el ambiente en un todo que se configura dinámicamente. Si la re­lación figura-fondo no es rescatable del caos de información que recibimos, nuestras percepciones no logran organizarse y el in­tercambio y la relación del individuo con el ambiente se pertur­ba.

Desde que oímos hablar de la Gestalt y de Fritz Perls de boca de Claudio Naranjo, la conexión de esta orientación con lo fenomenológico y organísmico se nos volvió evidente y nos abocamos a estudiar los pocos libros de Perls, ver sus videos y tratar de encontrar modos de trasmitir algo que sentíamos absolutamente verdadero, y que se afirmaba y se había sostenido por el profundo carisma, la intuición y honestidad de un hombre que no hacía alarde de erudición y que sin embargo respetaba y comprendía los principios más básicos de la vida.

Pocos gestaltistas ponían el acento en la base biológica, organísmica, de la Gestalt. El libro que Claudio Naranjo escribió en inglés hace más de 30 años recién fue publicado en español en 1990 y en la introducción él se extiende largamente sobre la auto-regulación organísmica: “La confianza de Fritz en la auto-regulación individual se erige en la psicoterapia contemporánea como una contribución comparable a la confianza de Rogers en la autorregulación de los grupos”[3]

Tan importante y básico le pareció a Naranjo este tema que, como describe en esa misma introducción, condujo una investigación computarizada sobre la aparición de la expresión “autorregulación organísmica” en los títulos y resúmenes de doscientas revistas psicológicas y médicas desde 1966. Al respecto, dice: "... y creo que a los lectores les puede interesar saber que no aparece ni una sola vez".

Sin conocer este trabajo temprano, yo coincidía con él; es obvio que en sus comentarios sobre Perls, Naranjo lo ha de haber trasmitido desde el inicio y eso me llevó a estudiar con mayor interés y dedicación este aspecto que me parece absolutamente definitivo como la base sólida en que se apoya la terapia gestalt. Tal vez por eso mi primera contribución a este Enfoque fue ese pequeño artículo que apareció al final del libro “Esto es Gestalt”, en 1978, y que lleva por título “Lo organísmico y lo autoestructurante en terapia gestáltica”

Ya en ese tiempo hablábamos de Enfoque Holístico de la Enfermedad y con ello, de una mirada total sobre la salud, que no parte de división alguna de la persona y que se diferencia de todos los enfoques que podríamos denominar "causalistas", con los cuales se ha pretendido superar la dualidad mente-cuerpo y que delatan su origen en el nombre mismo con el que se definen, ya sea como teoría o terapia (psicosomático, biocognitivo, biosíntesis, bioenergético).

Esto es algo más que una cuestión semántica. El ejemplo más claro es la medicina picosomática, a la que le debemos el que las personas relacionen las enfermedades con los posibles conflictos de un modo absolutamente causal, sin que por ello se haya conseguido ni siquiera disminuir la frecuencia de las enfermedades que claramente se diagnosticaron como psicosomáticas, como el asma, que cada vez es más grave y frecuente.

En todo caso, la medicina psicosomática fue una disciplina que sirvió para que los psiquiatras llegáramos a ver enfermos de los llamados orgánicos, para que se crearan centros psicosomáticos en los hospitales y los psicólogos entraran a los hospitales, creándose de este modo otra línea de exploración para una parte olvidada del ser humano, que ya había sido puesta al servicio de la medicina por Freud, con la clara intención de contribuir al cuidado de la salud del ser humano, para darle mayor seguridad y autonomía, enseñándole a conocer aspectos inadvertidos que lo llevan a actuar equivocadamente.

Parece que siempre se pensó que era importante que las personas supieran cómo funcionaban, no para dirigir el organismo, sino tal vez para confiar en él. Por este motivo en todo el mundo se enseña a los niños cómo es su cuerpo y cómo funciona.

Lo que nadie podía prever era lo que ocurriría con el desarrollo de los medios de comunicación y con la propaganda, así como con el fabuloso despliegue de medios que se pelean por "cuidar" al ser humano, convenciéndolo de que debe ser protegido desde afuera. Y la extrema división del cuerpo humano, positiva para estudiar y conocer el funcionamiento de sus estructuras, se hace cómplice de esta tendencia, al no devolver la mirada a la totalidad, al organismo vivo.

Es así cómo, desde que enferma una persona, la mirada se dirige al sitio del dolor o del defecto: hay que lanzarse a buscar al que "sabe" de este cuerpo y si es especialista en esa parte que se queja, mejor. La persona cree que tiene que ponerse en manos de otro; es un cuerpo que necesita ser reparado. Lo que sobreviene son más exploraciones en distintas direcciones en esa persona que sufre, entrega su cuerpo y se divide automáticamente en sujeto y objeto. A ese objeto que cree ser lo tienen que reparar otros. Y aunque uno de los especialistas –el psicoterapeuta- trate de conectar a la persona con sus afectos y desafectos, con toda su vida de relación, no "sabe" lo que está pasando o de qué se trata esta enfermedad que la tiene detenida y de la que quiere verse libre. Lo que importa ahora es ese objeto que es y que quiere que reparen. Tal vez toma en cuenta que muchas cosas contribuyeron a que le pasara esto; pero por ahora solo quiere que esto pase.

Este es el momento de la máxima enajenación de la persona: cuando se vive a sí misma como el objeto que hay que reparar. Ese ser humano no es dueño de su cuerpo, no tiene ninguna posibilidad siquiera de entender con claridad lo que le dice "El Médico", que sería el único que "sabe".

Por comprensivo y humano que sea el médico, no puede reparar esa fractura terrible de la personalidad del paciente. El paciente muestra y señala lo que le duele y de eso quiere ser librado y entender rápidamente de qué se trata. Aunque el paciente sea un médico y conozca o crea conocer la parte que le duele, el órgano que se queja, o incluso saber cuál es la enfermedad que lo afecta, la división es absoluta: una es la persona que habla y se queja, la otra la enfermedad que lo ataca, una enemiga de la que hay que deshacerse lo más rápido posible.

Y ya sabemos que nunca los enemigos vienen a nada bueno… Nunca tienen razón. Hablar con ellos de verdad sería absurdo. Sólo se les preguntan cosas para saber cómo atacarlos mejor.

Desde esta realidad se desprende la verdadera tarea: quitarle a los síntomas y a las enfermedades el carácter de enemigas. Esta es una empresa en la que nos hemos empeñado por décadas un gran número de personas; muchos médicos, psicólogos, filósofos, científicos, religiosos. Este es el verdadero cambio que estamos proponiendo.

No hablamos de medicinas "alternativas" sino de un camino que nos surgió desde los principios básicos de la Gestalt y que se ha trasmitido como Enfoque Holístico de la Salud y la Enfermedad.

Pretender manejar este Enfoque sin tener absolutamente claro lo anterior sería absurdo. El primer paso, la primera tarea, es mostrar a la persona que la enfermedad o los síntomas no son nuestros enemigos, sino que afortunadamente han aparecido para darnos un mensaje, para conectarnos con aspectos esenciales de lo que significa ser humano.

Gracias a la Gestalt hemos podido desarrollar un método relativamente sencillo y al alcance de todos para poder darnos cuenta de cuáles podrían ser estos mensajes y, desde esa comprensión, trabajar integrando los aspectos negados o eliminando los aspectos adquiridos en pos de una idealización que nos alejó de nuestra propia esencia.

En este libro desarrollaremos con el mayor detalle posible lo que constituye el método con el que trabajamos para poner de manifiesto este Enfoque.

CAPITULO 1
El rescate de las partes enajenadas de nuestro cuerpo. El diálogo gestáltico y la Integración.

La esencia de lo que Fritz Perls nos mostró es que el desorden que una persona padece se halla presente, y que cualquiera forma de ponerlo de manifiesto iluminará tanto al terapeuta como al cliente.

Wilson Van Dusen

La verdadera medicina tiene que gritar fuerte y no aceptar más el papel de reparadora de instrumentos. Tiene que volver a Hipócrates y Galeno. Tiene que entregar conocimientos para aumentar la sabiduría de los seres humanos y para poder seguir contando con ellos en el ejercicio de esta tarea que une y hermana a tan gran familia.

Desde el momento en que nuestra tarea es cuidar la salud de un pueblo, en algo tenemos que unirnos los médicos, los psicólogos, las enfermeras, las matronas, los profesores... Y estamos obligados a cumplir con algunos postulados básicos:

1.- Devolver a la persona su calidad de ser humano, mirándola como totalidad.

2.- Entregarle al ser humano los conocimientos que han venido de sí mismo, para que reconozca su propia estructura y capacidad de sanación.

3.- Entender la enfermedad como un acto de detención total que permite asomarnos a una realidad diferente.

4.- Entender que cuidar la salud no es "luchar" contra nada, ni aun contra las enfermedades. Es conocer lo que somos y aceptar límites y posibilidades.

5.- En definitiva, colaborar en la tarea de detener al ser humano en la escalada de omnipotencia y autosuficiencia en la que se encuentra empeñado.

De lo que se trata es de tener una mirada diferente, total, en la que veamos a la persona entera. Una verdadera mirada fenomenológica.

Si somos capaces de ver al otro como una persona, que está compartiendo un espacio y un tiempo con nosotros, que es un cuerpo-para y ante nosotros, no un cuerpo-para-la enfermedad, es posible que se produzca un verdadero encuentro. Y es en este espacio privilegiado, donde podemos tener un diálogo verdadero.

Ahora podemos hablar de lo que le duele, de lo que lo aqueja o incluso de lo que otros piensan o creen que él tiene. El es el actor principal y no podemos seguir hablando de un tercero que no sabemos con claridad quién o cómo es y cómo ha usurpado la identidad del que tenemos al frente.

Si la enfermedad es descrita como una situación límite, es porque atrapa a la persona y le niega su identidad; a ella es a la que se le reconoce un discurso propio, la que habla, la que se impone como existente.

Si lo básico en un verdadero encuentro y diálogo con el otro es el respeto (Sartre), como terapeutas, nuestro interrogar al otro no puede ser un chequeo para clasificar sus respuestas según un conocimiento que nosotros manejamos y es desconocido para la persona. Si nos habla de algo que le ocurre, que siente que está ocurriendo en su cuerpo, necesitamos que sea él mismo quien se conecte y nos describa vivencialmente aquello. Y si nos dice, por ejemplo, que tiene una hepatitis, o que tiene asma o que es bipolar, saber que ese decir fue determinado por alguien que reconoció un grupo de síntomas y signos como pertenecientes a una entidad nosológica que se denomina de esa manera.

Estamos frente a alguien que acusa, señala, muestra “otra cosa” que no es él. Está dividiéndose entre él y lo que le duele, ese hígado que se enfermó, o esa dificultad para respirar o esa personalidad que lo altera.

Con una visión holística, nuestra primera tarea es restituir la integridad de la mirada hacia ese cuerpo, que es un cuerpo-para-otro, en el cual puede estar ocurriendo algo que lo limita y que él permitió que se adueñara de todo el escenario y actúe como protagonista. Le mostramos que él, el paciente, la persona, es el verdadero protagonista y es preciso que aclare su relación con ese otro con el cual está en un impasse.

Permitimos a la persona que establezca un encuentro y un diálogo con ese otro-que-no-es-él, y ofrecemos ayudarle si cree conocerlo poco. Podemos hacer este ofrecimiento con seguridad porque afortunadamente la anatomía y fisiología de los humanos es sensiblemente igual. Lo que no podemos ni siquiera sospechar es lo que puede decir la persona a ese ‘otro’. Qué le reprochará o qué le agradecerá. Los órganos mismos tienen un discurso limitado por su estructura y su función, que nos impide fantasear o interpretarlos antojadizamente. Aún con los límites naturales, el discurso de nuestros órganos es extremamente complejo y no necesariamente aceptado por las personas.

En estos diálogos nos damos cuenta de lo increíble que puede ser la escucha de una persona para con el órgano o la parte que le duele, ya que lo lleva a aceptar aspectos que rechaza violentamente como partes de sí.

Muchas veces pudieron decirle a alguien, por ejemplo, “tú no sabes pedir” o “te cuesta aceptar” y aunque aquello sea una característica que admite como propia y entienda de dónde viene su actitud, nada cambia. De pronto, durante el diálogo gestáltico, esa persona escucha a su corazón diciéndole “yo sé recibir y dar”, “necesito que me llegue sangre no solo para alimentarme sino también para distribuirla a los demás”… y advierte una absoluta obviedad: no se puede dar lo que no se tiene. Cuando esa persona -representando el rol del corazón – acepta y repite lo que se niega para sí, no considera vergonzoso pedir ayuda o necesitar recibir de otros para poder dar.

La relación de una persona con cualquier parte de ella misma está inscrita en una relación narcística primaria, no vulnerada por ningún desarrollo neurótico posible, posterior. Fue inscrita en el ámbito de un profundo contacto con lo “otro” que nos define, nos separa y nos junta-con.

Esto es lo que mueve a las personas a querer reparar cualquier defecto orgánico, para restituirle al cuerpo su integridad. Si junto con esto, ella ha logrado darse cuenta de cómo y con qué obstinación ha tratado de que ese órgano (cualquiera que sea) no funcione con las características que tiene y que, por el contrario se adapte a su propia idealización, podría empezar a aceptar características personales que nunca asumió o quiso tener.

Es así como la enfermedad nos conecta muchas veces con mensajes que pueden hacernos cuestionar toda nuestra vida y creencias, previamente distorsionadas por nuestra fantasía y la increíble idea de que somos lo que queremos ser.

El organismo que somos no tendría que ser afectado por nuestros deseos o por nuestros pensamientos y sin embargo, sabemos que ello ocurre. Es que ellos, los pensamientos y deseos, son parte del organismo que somos, tanto como nosotros somos parte del mundo en que vivimos y hemos desarrollado nuestras capacidades y destrezas para adaptarnos a un mundo que nosotros mismos vamos creando.

¿Y cuál es el organismo que somos?

Lo organísmico en Gestalt

Fritz Perls usa el nombre de gestalt; acepta plenamente que percibimos totalidades y que nuestro modo de percibir la realidad se da en este juego dinámico de figura-fondo. Sin embargo, su concepto de gestalt sobrepasa con mucho los límites de esa definición dada por la Escuela de Psicología de la Gestalt, y tampoco puede adscribirse a una teoría psicológica, ya que cuando Perls habla de gestalt se refiere a una tendencia de la materia viva a configurarse, a ser lo que es; la tendencia de todos los procesos vivos a completarse.

De ahí su decir que “La gestalt es tan antigua como el mundo”. La materia orgánica, lo vivo, los organismos vivos son “un proceso que se da cuenta de sí mismo”.

Este saber organísmico es algo inherente a lo vivo y corresponde al proceso que Humberto Maturana y Francisco Varela han denominado “autopoyesis”.

Si la relación figura-fondo no se rescata del caos de información que recibimos, nuestras percepciones no logran organizarse y el intercambio y la relación del individuo con el ambiente se perturban.

Es a esta totalidad dinámica, que se hace evidente en el proceso de su completitud, a lo que nos referimos al hablar de gestalten o gestalts. Si el proceso no se completa, si el ciclo se interrumpe sistemáticamente, el organismo no puede pasar a otra situación, y aún cuando logre hacerlo, la situación inconclusa pendiente lo atrapa cada vez más, impidiéndole darse cuenta incluso de las más elementales ‘situaciones incompletas’ que ese organismo está habituado a completar para recuperar el equilibrio homeostático.

Como terapeutas, con esta confianza en lo organísmico y con una actitud de silencio interno respecto de las propias voces que pueden perturbar nuestra escucha, nos acercamos al paciente para facilitarle un encuentro con aquello que lo limita y estrecha. Un encuentro que es absolutamente necesario cuando se trata de una enfermedad a la que la persona sólo ha estado viendo como enemiga, sin darse cuenta que trae un mensaje que puede cambiar su vida en un sentido positivo.

Es evidente que la persona llega ante nosotros con un órgano o una parte de sí misma que ya está identificada y diagnosticada como "responsable" de la supuesta enfermedad. La división es nítida y evidente: uno es el paciente, y otro es el órgano o la enfermedad que lo "ataca".

Con una verdadera visión holística-gestáltica, nuestra primera tarea es restituir la integridad de la mirada y la vivencia a ese organismo, a ese cuerpo. Que la persona se de cuenta de que ese órgano del que se habla es una parte inseparable de sí.

No nos permitiremos hablar ni de "la enfermedad” ni de "el órgano" como algo separado de la persona total. Nuestro único esfuerzo está encaminado a que esa persona asuma a ambos como algo que le esta ocurriendo a ella en su organismo. Si aquí hay un 'otro', y ese es el órgano acusado, desde el inicio necesitamos explorar la relación de la persona con el acusado, con el supuesto agresor.

Aun cuando algo venido del entorno haya penetrado en el interior mismo de esa persona, el proceso que estamos definiendo ocurre y modifica a toda la persona. Se hace, por lo tanto indispensable, conectarnos con esa 'totalidad' que forman la persona y su dolencia.

Si, por ejemplo, el diagnóstico es hepatitis, podemos pensar que no solo el virus de la hepatitis ha penetrado en ese organismo; en realidad, permanentemente todo lo que la rodea está en íntima relación con ella y le facilita o dificulta la vida: el aire que entra y sale nunca es el mismo, los pensamientos, ideas y emociones tampoco. Sin embargo, en este momento no todo su organismo se queja, hay un dolor circunscrito. Hay una parte que reclama y probablemente ni siquiera sea una parte de su cuerpo que tenga muy presente. Entonces, lo primero es escuchar al que se queja, y permitir a la persona que se dé cuenta qué tiene que ver con esta parte de sí que ha dejado de trabajar en silencio y avisa de su presencia.

Es aquí donde el diálogo gestáltico nos puede ayudar de un modo increíble para clarificar esta supuesta relación: por enojada que esté la persona con su hígado no puede inventarle características que no tiene, ni negarle las que sí tiene. Como terapeutas, no estamos buscando causa alguna de nada. Estamos simplemente en el inicio de una relación con una persona que se queja de algo ante nosotros y se hace necesario definir quién es quién.

La modalidad incorporada por nosotros al diálogo gestáltico[4] nos facilita enormemente esta tarea y nos permite con prontitud corregir los errores de información de la persona, para que por lo menos no siga distorsionando la relación y atribuyéndole cualidades o defectos inexistentes al órgano que ha dado síntomas.

Es un inicio que ya tiene algo promisorio: se puede lograr que la persona deje de pelear con una parte de sí a la que en este momento le atribuye su dolor o limitación. Y sabemos que tenemos una relación (transferencia) privilegiada con nuestros órganos que favorece la escucha.[5]: lo que difícilmente le aceptamos a otra persona se lo aceptamos a nuestros órganos. La relación no admite cuestionamientos: o los queremos como son o no contamos con ellos.

El representar el rol del órgano afectado implica una comprensión absoluta de lo organísmico, de los fundamentos mismos de la gestalt, ya que en ese rol los terapeutas tenemos que permanecer dándonos cuenta de la estrecha relación con la totalidad, manteniendo la identidad y especificidad como órgano.

Esta tarea ha sido favorecida por el aprendizaje continuo de juegos de roles en la formación de los terapeutas gestálticos.

Esto es lo que nos obliga –cuando queremos adiestrar personas en este Enfoque –a exigirles una buena formación en terapia gestalt, además del aprendizaje de anatomía y fisiología. Se hace imprescindible aprender a pensar sin estar buscando las causas y los porqué de todo y especialmente, sin dejarnos invadir por la avalancha de información destinada a convencernos de verdades absurdas, divulgadas por quienes ni siquiera saben a qué amos están sirviendo.

Sabemos que se necesita una verdadera revolución para eliminar de la mente de quienes estudiaron con fe y creyendo en sus maestros, en la información que recibían y en la inmensa cantidad de conocimientos, de "pruebas" de eficiencia y estadísticas que comprobarían científicamente las verdades que ellos promueven.

Por otra parte, tampoco se trata de que todo lo conocido o estudiado sea falso. Comprobar en una mamografía que hay un tumor o un quiste en una mama puede ser absolutamente positivo y significativo, si el examen se hizo porque clínicamente se sospechó algo. Sin embargo, pensar que una mamografía puede ser preventiva es un error sustentado por la medicina actual, que olvidó a qué corresponde el concepto de preventivo: algo que evita, impide la aparición de una enfermedad. Una mamografía ni siquiera nos puede asegurar un diagnóstico precoz, ya que difícilmente da imagen alguna antes de que un cáncer tenga por lo menos un año de evolución. Y si además vamos a enfrentarnos a esto como a un enemigo encarnizado al que hay que derrotar, sin siquiera saber a qué vino, desde el principio hemos perdido una oportunidad única de contribuir a que las personas mejoren su calidad de vida, dándose cuenta de aspectos de su personalidad que jamás habían advertido y que mantienen bloqueadas ciertas posibilidades de existir en ámbitos diferentes

En mi anterior libro[6] describo con detalle los pasos a seguir en los diálogos con los órganos o con las enfermedades y a pesar de ello, o tal vez porque lo que aparece de una simplicidad total no lo es tanto, siempre encuentro que a los alumnos se les hace difícil. Esto me lleva a querer ahondar e insistir en lo que sería el método mismo, las bases de lo que definimos como el diálogo gestáltico propiamente tal.

En el primer libro que publiqué en Buenos Aires en 1987, -Sonia, te envío los cuadernos café- me extendí bastante sobre este tema. Perls, al referirse al modo de trabajar su método, dice que se basa en la llamada “indiferencia creativa” de Solomo Friedlander y en su primer libro “Yo, Hambre y Agresión” lo asocia al método dialéctico y se extiende sobre el tema:

“Se puede emplear mal el método dialéctico y así se ha hecho con frecuencia: a veces uno puede sentirse inclinado a aceptar las observaciones de Kant respecto de que la dialéctica es un ars sophistica disputatoria, una charla inútil (Geschwaetzigkeit), actitud que sin embargo no le impidió aplicar, en su caso, el pensamiento dialéctico. Mucho puede objetarse al idealismo dialéctico de Hegel como intento filosófico para reemplazar a Dios con otros conceptos metafísicos. La transposición de Marx del método dialéctico del materialismo, es un progreso, pero no una solución. Su mezcla de la investigación científica con el pensar según el deseo tampoco ha logrado el realismo dialéctico.

Mi intención es trazar una distinción clara entre la dialéctica como un concepto filosófico y la utilidad de ciertas reglas según fueron encontradas y aplicadas en la filosofía de Hegel y Marx. Estas reglas coinciden aproximadamente con lo que podríamos llamar “pensamiento diferencial”. Personalmente opino que, en muchos casos, este método es un medio apropiado para llegar a una comprensión científica que lleva a resultados cuando otros métodos intelectuales, por ejemplo el pensar en término de causa-efecto, fracasan”.[7]

Más adelante, Perls dice: “Pensar en opuestos es la quinta esencia de la dialéctica. Pensar según opuestos tiene hondas raíces en el organismo humano. La diferencia según opuestos es una cualidad esencial de nuestra mentalidad y de la vida misma”.

Estas afirmaciones marcaron para nosotros una diferencia absoluta con el método causalista y lineal que había sido lo básico en psicoanálisis. Comprendimos que en el inicio Perls no pensó en proponer algo que negara los aportes de Freud, sino que pretendía hacer una modificación y un aporte al psicoanálisis. Lo obvio es que, aún estando absolutamente comprometido con el psicoanálisis, criticaba fuertemente el hecho de que en esta disciplina se trataran los hechos psicológicos como existiendo aislados del organismo. La necesidad de conectar al paciente consigo mismo, empezando por todo aquello de lo que podía darse cuenta, en primera instancia -su organismo- lo hizo buscar formas y métodos que incluyeran el cuerpo, los movimientos, la sensación.

En la técnica del ir y venir, que Perls emplea para agudizar el darse cuenta del paciente, ya hay un juego dialéctico de polaridades: adentro y afuera, por ejemplo. Cuando de lo que se trata es de reidentificar un aspecto propio, el diálogo aparece como la única posibilidad de encuentro y la relación no puede romperse naturalmente. El órgano que se queja necesita a la persona para seguir siendo lo que es y la persona -en muchos casos- necesita ese órgano para vivir. Puede que la parte con la que se pelea no sea calificada como “indispensable” y el enojo de la persona sea tal que solo quiere deshacerse de él. O que aparezca como tan peligroso- según el diagnóstico médico- que deba extirparse. En este caso, el diálogo adquiere un carácter de despedida y se hace necesario que la persona se de cuenta de las características que tenía esa parte que debe irse y cuál ha sido su relación con esos aspectos, para que –aunque ya esté mutilada- pueda recuperar una integridad que antes no tuvo.

Si la situación es de rechazo, por las molestias que se han tenido o por las características de ese órgano, el diálogo debería mantenerse hasta por lo menos llegar a una tolerancia mínima y un cese de la guerra.

Aquí no se puede actuar "eliminando", como cuando en gestalt se trabaja con introyectos negativos que se pueden destruir.

Dice Perls: “Tal como lo consciente es de naturaleza puramente mental, lo es también lo inconsciente. Sin embargo, la capacidad de darse cuenta (awareness) y la incapacidad de darse cuenta (unawareness) no son exclusivamente procesos mentales. De acuerdo a nuestra definición, ambas son propiedad del protoplasma que a su vez es constituyente de todas las criaturas vivas. En una criatura tan compleja como el hombre, las áreas de incapacidad de darnos cuenta son bastante amplias. No nos damos cuenta de nuestros procesos vegetativos, de las fuerzas que nos hacen respirar, comer y excretar. No nos damos cuenta de muchísimos de los procesos de crecimiento. Pero al igual que nuestras áreas donde somos incapaces de darnos cuenta son amplias, también lo son las áreas en que somos capaces de darnos cuenta. Estas no solo incluyen nuestras actividades sensoriales manifiestas y motoras, sino también muchas de aquellas actividades desvanecidas que denominamos mentales.

“Una Escuela de psicoterapia que tiene un planteamiento unitario ante el organismo unitario que es el hombre, no puede ocuparse a si misma únicamente del material mental, bien sea éste reprimido o expresado. Debe ocuparse de la configuración total de la conducta y debe además intentar hacer que el paciente se percate de la configuración total tanto como sea necesario para su salud”.[8]

Me he permitido esta larga cita para reforzar una vez más el hecho de que estamos describiendo un modo de acercarnos a la persona en su totalidad. Aunque en apariencia la "separamos", ya que en estos diálogos la hacemos hablar con lo que le duele, con el órgano que supuestamente le está dando síntomas, la realidad es otra: esa persona ya llega dividida ante nosotros. Más que eso, viene a denunciar a un agresor. El síntoma o la enfermedad que la aqueja son algo de lo que quisiera verse libre y que no reconoce como algo propio. No podemos hablar de lo que le pasa hasta que no recupere su integridad. Si accedemos a hablar directamente de su enfermedad acentuamos su división.

Como terapeutas, si no sabemos cómo es esa parte que se queja, no podemos hacer nada. ¿Postergar el encuentro y estudiar, informarnos? Tal vez. Por lo menos tendríamos que saber lo elemental, por si tenemos que hablar por el órgano, podamos corregir errores graves de información que nos ha dado la persona. No es algo que se puede hacer en el último momento. No es una lección que repetiremos como loros. Tenemos que sentir que somos capaces de ser un órgano vivo y con esa sensación mirar al que tenemos al frente, que está de ojos cerrados y nos escucha.

Lo que se ha hecho evidente es que a los terapeutas que siguen esta orientación, el estar en permanente contacto y mostrándole a las personas las posibilidades y los límites de su organismo, los conecta con sus propios límites y los hace darse cuenta del profundo sentido de ser parte de un todo: cómo en la medida en que vamos representando a un órgano frente a diferentes personas, vamos descubriendo más y más posibilidades y más y más limitaciones artificialmente puestas por el mundo que nos rodea y que pretende que funcionemos según modelos estándar de rendimiento o eficiencia

En este trabajo nos vamos encontrando con inmensa cantidad de coincidencias y verdaderos descubrimientos de ‘relaciones de relaciones’ que nos llevan en distintas direcciones y que convergen en la extraordinaria sabiduría de este cuerpo que somos y que se ha dejado adivinar, sin ser invadido, por la sabiduría milenaria de los grandes maestros. Es así como podemos consignar detalles y coincidencias que se repiten, ante nuestra vista, en situaciones que de pronto nos parecen obvias sin tener una explicación o nada que las avale.

Ser, actuar como esa parte de esa persona que nos tocó ser, una parte de un todo (por importante que nos parezca lo que somos), nos impide pensar que podríamos vivir fuera de ese cuerpo. Si uno nunca se ha sentido algo pequeño, hacer este rol será más difícil.

Si no tenemos una muy buena escucha, costará darse cuenta de los aspectos que la persona acepta o rechaza del órgano y cuando hay que hacer el rol de éste, se hará mecánicamente, repitiendo como una letanía las características aprendidas.

El rol que nos toca como terapeutas es el de defensores del órgano. Y ningún defensor es bueno si no cree en su defendido y si no ha escuchado muy bien las acusaciones y no se centra en aquellas que son obviamente injustas.

A los médicos que siguen este Enfoque les es fácil saber las características de los órganos, pero si no se han ejercitado en serlos vivencialmente y con la simpleza que se requiere, no logran con facilidad tener la armonía necesaria para rehacer el vínculo.

El entrenamiento en estos diálogos es casi como una terapia en la que se va aprendiendo, al estilo del tai chi, los movimientos de acercarse y alejarse del otro. Se aprende a estar en el aquí y ahora, con absoluta concentración en este encuentro y diálogo que requiere de un total respeto por el otro. Se logra así la vivencia increíble de tener la oportunidad de hablar por un inocente que tiene derecho a ser aceptado como es.

A partir del verdadero conocimiento de las características de cada uno de nuestros órganos y sistemas podríamos llegar a darnos cuenta de la extraordinaria mezcla de valores, posibilidades y limitaciones que nos habitan y en este reconocimiento, podría ocurrir que cada vez sea menos necesario que una parte tenga que gritar para que sepamos que existe.

Por mucho que se conozcan las características de los órganos por parte del paciente y/o el terapeuta, el diálogo entre el órgano y el paciente requiere una concentración y una escucha privilegiada del terapeuta, quien tiene que estar atento a las expresiones mínimas de la persona, para permitirse enfatizar las características más rechazadas por éste


[1] Perls, Fritz “Dentro y Fuera del Tarro de la Basura” pág.59 Ed. 4 Vientos Stgo. Chile 1975

[2] Perls, Fritz “Dentro y Fuera del Tarro de la Basura” pág.59 Ed. 4 Vientos, Stgo. Chile 1975

[3] Naranjo Claudio, “La vieja y novísima Gestalt” Ed.4 Vientos Stgo. Chile 1990

[4] Me refiero al hecho de usar comúnmente un especie de “yo auxiliar” que repite lo que la persona expresó al sentarse en la “silla vacía”, en este caso la descripción del órgano afectado.

[5] Schnake,Adriana “La voz del Síntoma” pag.203 Ed. 4 Vientos Stgo.Chile 2001.

[6] Schnake, Adriana “La voz del Síntoma” Ed. 4 Vientos Stgo. Chile 2003

[7] Perls, Fritz, “Yo, Hambre y Agresión” pág. 16 Ed. Fondo de Cultura Económica. México 1973

[8] Perls, Fritz “El Enfoque Guestáltico” pag.62. Ed.4 Vientos Stgo. de Chile 1976

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